Al margen - Relato del presente

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Entre las cosas que menos extraño de los ´90 son las fiestas sin preocupaciones colectivas. El bardo era personal: la sola idea de tener que tolerar quince días entre preparativos y cenas infumables con personas a las que hoy no les daríamos bola ni en Facebook. Las peleas familiares giraban en torno a decidir si la solterona de la familia lo era por trola, por torta o por frígida, la cara de ojete del primo cornudo y las tetas casi al aire de su ingrata esposa, el maltrato disfrazado de buenos modales de la suegra, y la elección entre hijos quilomberos o reprimidos emocionalmente. Y, mientras se degustaba una cena impagable con champagne importado y regalos norteamericanos, se puteaba a Menem porque no había plata en la calle. 
Hoy, por suerte, podemos hablar de otras cosas que nos alejan de la insoportable levedad de nuestras vidas. Si en una charla de bar podemos resolver la alineación perfecta para que la Selección gane el próximo mundial, en una cena de nochebuena tranquilamente podemos armar dos o tres revoluciones antes de que el abuelo se quede dormido. En la nochevieja, antes de que nos saludemos por el año entrante, y en medio del debate entre los que prefieren el lechón caliente y los que gustan del porcino frío, solucionamos la inflación con doctrinas caducas, arreglamos la inseguridad del país matándolos a todos, y proponemos la supresión de algún que otro partido político como teoría máxima para eliminar toda problemática argentina. 
Así, mientras algunos opositores al gobierno -aun dolidos por la inutilidad de quienes consideraban cuadrazos políticos- terminan coincidiendo con Abal Medina en que los saqueos fueron organizaos por Moyano, otros proponen un sistema de libertad que permita imponerles a otros sujetos conceptos tan subjetivos como la moral, y el resto sostenemos que con Perón estas cosas no pasaban. 
Muchos consideran que el saqueo es una bestialidad injustificable bajo cualquier punto de vista. Coincido. Pero coincido en la general. Que se hayan generado las condiciones para que, una vez más, se produzcan saqueos, no puede justificarse. Nunca pudo justificarse, del mismo modo que no se puede explicar cómo puede haber desnutrición en un país que genera alimentos para 500 millones de personas y, según el último censo, tiene menos habitantes que España. Pero pasa. Pero pasó. Pero puede volver a pasar. Hoy, mañana, pasado, en cualquier momento, puede volver a pasar. 
Los parámetros personales aprendidos en el seno familiar, no nos sirven para estas cosas. Decir que nuestros abuelos vinieron con una mano atrás y otra adelante, y no por eso salieron a saquear, tampoco. No se puede comparar una sociedad con una cultura del trabajo plena, entendida como el camino para la concreción de los sueños personales, con esta actualidad consumista. El sueño argentino de ver un ascenso social en tan sólo una generación, se desvaneció para gran parte del país hace tiempo y en estos años no se ha hecho nada para revertirlo. No se puede pretender que un tipo entienda el valor del esfuerzo cuando, primero, no tiene dónde esforzarse y, segundo, no le sirve de mucho ya que tiene que volver a un barrio al que sólo le faltan jirafas. No se puede ser tan idiota de suponer que una familia puede quedarse en el molde durante una década, sin laburar y cobrando chauchas y palitos, sea en las changas, o gracias a la todopoderosa Anses, y con las ganas de consumir lo que les ofrecen por todo los medios posibles. 
Pero ahí están, gritándonos que El Modelo, junto a Papá Noel y los Reyes Magos, son los padres. Ahí están los que duermen en la calle, los que patean el tren, el bondi y el subte mangueando monedas, los que la miran de afuera, los que nunca vieron a sus padres y abuelos laburar, los que recibieron el decodificador para mirar los partidos en HD y no tienen dónde, los que recibieron por toda educación un listado de derechos, pero nadie les explicó la parte de las oblgiaciones, los que no pueden discutir en paritarias el aumento del puñado de billetes que cobran de arriba, como sueldo por ser pobres. Ahí están, diciéndole a Cristina que aunque se mueva en helicóptero y hable con la gente sólo en los actos, hay gente que realmente la está pasando mal y no tiene idea de por qué, porque nadie les dijo cómo dejar de ser pobres, porque nadie se calentó en generar un mínimo de condiciones para que haya igualdad de oportunidades, que no es lo mismo que igualdad de poder adquisitivo. Ahí andan, ejerciendo por mano propia el derecho a ser feliz en un país en el que esta todo tan, pero tan bien, que no entienden por qué a ellos no les llegó la bonanza. 
Ya pasó Navidad y con ellas los saqueos. El lunes se termina el año y, en cuanto se les pase la resaca, volverán a ser pobres. Al menos la fantasía les duró unos diez días y, como souvenir, les queda un LED de varias pulgadas, en el que podrán ver en HD todas esas cosas que no pueden comprar, porque no tienen con qué, porque no saben cómo se consigue y porque, los que sí saben, son conscientes que no califican para ello. La batalla más dura de las que nos esperan, es la cultural. Suponer que esto se arregla con políticas económicas y planes de contención, califica para un examen de coeficiente intelectual. Cultura del trabajo, lisa y llanamente, cultura del trabajo. Y para recuperarla no sirven ni los planes cooperativas ni los talleres barriales, que tratan a los que participan como si fueran deficientes mentales a los que se les monta una ficción laboral. ¿O acaso suponen que esos tipos nunca vieron lo que es una fábrica de verdad ni desde la vereda? 
Y dentro de la batalla cultural, hay una lucha que es tan dura como la de reimplantar la cultura del trabajo. Es la lucha interna, la de los que no pasamos necesidades sustanciales porque laburamos, heredamos o ya la hicimos toda. Es la lucha por la tolerancia, por la aceptación del otro. Es hablar de conjuntos de personas con ideales, de individuos que conforman un todo diferente al nuestro, y no de productos ideológicos deshumanizados. No es lo mismo oponerse a un plan social porque sabemos que no sirve para nada, que oponerse porque no queremos ver a un morocho ni más allá del horizonte. 
Hace catorce meses tuvimos elecciones. Muchos de los que votamos a nuestros candidatos opositores -por convicción, o porque no nos quedó otra- aún no nos atrevimos a exigirles explicaciones por oponerse al gobierno en una cámara televisiva, y acompañar en una cámara legislativa. Y nosotros, en la confusión generada por el gobierno, creemos que exigir cuentas claras y explicaciones a quienes votamos, es hacerle el juego al oficialismo cuando nos sugiere que, en vez de quejarnos, ganemos elecciones. ¿Para qué queremos ganar elecciones, si los que dicen oponerse andan entre la masturbación doctrinaria y la indignación de cola de banco? 
Sin embargo, propio de estos tiempos de extremos, la reacción ante el fundamentalismo kirchnerista se muestra, también, de un modo casi talibán. Otra que chiítas y sunitas. En épocas en las que necesitamos ponernos de acuerdo en algo, los perfeccionistas de siempre pretenden que todo sea color de rosa, según sus parámetros ideológicos y valores morales, y siempre en sintonía con sus temores. Así es como resulta normal que haya gente que se ofenda cuando el oficialismo descalifica la marcha del 8N porque estuvo la Pando, pero a la hora de acompañar al sindicalismo a la Plaza de Mayo, les agarra una reacción alérgica. 
Personas que no necesitan tomar sol para broncearse, ven a un negro y putean al peronismo. Individuos que todos los días gastan más que el anterior, piensan que la única inflación fue la de Alfonsín. Gente que no leyó un diario en los últimos 30 años, cree que los planes sociales son un invento patentado en 2002. Y entre todos, nunca falta el más peligroso de todos, el que todavía cree que con los militares estábamos mejor mientras califica de dictadura a esta junta de impresentables que algunos llaman gobierno. 
Acá es cuando me surge una duda enorme, que hace más ruido que Máximo tirándose bomba en una pelopincho: ¿Qué será de nosotros en el post-kirchnerismo? En serio lo pregunto, como también pregunto cuántos de nosotros estamos realmente dispuestos a un país inclusivo de verdad, tanto en lo social como en lo ideológico, cuando esta farsa haya terminado del todo. ¿No te gustan los que viven de arriba? A mí tampoco. ¿Dónde ponemos a los que no conocen la relación esfuerzo-progreso? ¿Qué hacemos para revertirlo? ¿Estás dipuesto a revertirlo? Las preguntas no son en vano, porque los de arriba, pronto se irán. Ahora, los que sobrevivieron como pudieron, están. Los que no se enteraron que se puede progresar sin beber eternamente la teta del Estado, existen. Los que abrazaron al modelo sin tener la chance de kirchnerearse ni una caja chica, también, y son muchos. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los expatriamos? 
Si, encima, llevamos esto al plano ideológico, estamos al horno. Se puede disentir en la ideología, pero no se puede culpar a la misma por lo que las personas hacen de ella. La sola idea de generalizar, me genera rechazo. Si seguimos en este camino, pronto condenaremos al catolicismo por ser la religión de Cristina. 
Acá estamos, cerrando el año, yo escribiendo y vos leyendo. A veces coincidís en todo, a veces en nada. Pero volvés. Y estás. Y me leés. No soy un personaje, realmente soy peronista. No soy morocho, soy tan blanco que en verano paso vergüenza, mido 1,90, no me como las eses, y se leer y escribir. No vivo en el conurbano, no nací en Ciudad Evita. No me gusta la cumbia, ni andar en cuero por la calle. No tomo vino del cartón, ni lo mezclo con jugo en polvo. Amo el choripan, igual que todos. No me hicieron peronista mis padres, me hice solito. Debo confesar que algo de masoquismo hay en esto, dado que nunca me sentí oficialista. Pero no me hice peronista por las personas, me hice peronista porque me enamoré de una doctrina plagada de ideales de bien común, siempre en función del progreso personal, en la que el concepto de autodeterminación, nacionalismo y soberanía no tienen sentido, si no se tiene en cuenta a la única clase de hombre que importa para el bien de la sociedad: el hombre que trabaja, el que tiene poder de trabajo y quiere trabajar. 
Por ahí no viene al caso, pero necesitaba decirlo. En estos tiempos convulsionados, en los que cualquiera es blanco móvil para la puteada -diga lo que diga- me abrazo a mis ideales más que nunca. Es lo que soy, es en lo que creo, es lo que me llevó a escribir acá y a putear al gobierno, es lo que hace que cada día salga a la calle con ganas de hacer algo. Y como yo, hay muchísima gente más, en cualquier partido político y, muchos, sin afiliación ideológica. 
Tal vez no se dan cuenta que esto, precisamente, es lo que llevó a que las concentraciones del 13 de septiembre y del 8 de noviembre fueran tan populares. Algunos cuatro de copas creen que desde una red social movilizaron a la multitud. Otros, menos optimistas, sostienen que no nos une el amor, sino el espanto. A mí, en cambio, me gusta creer que no nos une el espanto, sino que nos hermanan los ideales. Porque antes que las ideologías, están siempre -y deben estar siempre- los ideales. 
Estos son mis principios. Si no les gustan, por suerte, no tengo otros. 
Espero que tengan una excelente nochevieja y que arranquen el 2013 de la mejor forma posible.
Miércoles 26 de diciembre de 2012. Los Mayas se nos cagan de risa.

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