Cristina busca su lugar en un mundo sin Chávez



Cristina busca su lugar en un mundo sin Chávez
Por Susana Viau
10/03/13
Nada fue como lo había calculado: el avión presidencial convertido en un tren lechero subió a todo el mundo y ese “todo el mundo” incluía al austero matrimonio que configuran José “Pepe” Mujica y su mujer, Lucía Topolanski. Cristina Fernández y su gobierno emprendían una expedición para rendir tributo a un gran amigo. Ya en Caracas, sin embargo, Cristina dio una vuelta de campana: no se quedaría, tal como había anunciado, hasta el final de las honras fúnebres. Nadie, a ciencia cierta, supo interpretar ese gesto: fue ambiguo, extraño, inexplicable a la luz de lo que se esperaba de ella y la relación de correspondencia que, con Néstor Kirchner, trabó el militar venezolano y Argentina fomentó para darle al ex presidente un liderazgo regional que no lo sacaba de la cancha interna y lo proyectaba en una dimensión latinoamericanista, lo colocaba en el camino de los estadistas, a él, que siempre había sido un practicón, apasionado por la cocina doméstica, las sumas y restas de votos.
Algo debe haber pasado allí, en esas horas, que Cristina Fernández entrevió. Son muchos los que aseguran que eludió una foto comprometida con el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad, un individuo de una figura pequeña, gris, y pese a todo referencial; son legiones las que están convencidas de que la mandataria argentina buscó descomprimir ese absurdo, obligado tratado persa. Pero esa situación se le debe haber representado una y cien veces: la conocía de memoria desde que despegó el lujoso avión alquilado a una compañía británica. Hay otro modo de pensar las cosas que pueden pasar por la cabeza de esta mujer que primero había quedado sin el que era su gran armador, su peor consejero, el individuo que le había preparado un escenario internacional de lucimiento mientras él seguía detrás del trono atando los piolines de una trama que los sostendría en la cúspide por 20 años. Muerto Kirchner, fue Hugo Chávez el que le dio un lugar preponderante ¿confiaba Chávez en Correa, ese astuto tiempista de los golpes de Estado? ¿Llegaba algo más de Quito, “esa ciudad con nombre de cuchillo”, como la llamó el poeta Henri Michaux, que una ilimitada, fabulosa ambición personal? Puede que al pisar Caracas, Cristina Fernández, ya sin el gran maestro de ceremonias, Chávez, y huérfana por segunda vez, no haya percibido con claridad cuál era su lugar, uno más entre todos los jefes de Estado, por detrás de la mujer de Estado y de Gobierno, la señora respetada por derechas e izquierdas que es Dilma Rousseff.
Puede, quizás, que también su imaginación haya volado al Consejo Cardenalicio donde al menos uno de los adversarios que construyó, Jorge Bergoglio, parece adquirir día a día una importancia descomunal, más allá o más acá de su condición de jesuita, los intelectuales de la Iglesia, los que no desdeñan el poder terrenal. Y donde también está Leonardo Sandri, un Johnnie Walker de cuatro décadas de los caminos internos del Vaticano. Argentina es una presencia fuerte en esta emergencia y el cristinismo no tiene capacidad para operar al interior de Las Cuevas. En síntesis: el mundo de afuera es volátil, no asegura nada, sólo reacomodamientos, en un escenario absurdo donde la enfermedad devino en una alocada teoría conspirativa –que debe haber dejado mal parados a los devotos médicos cubanos que cuidaron del Chávez agónico– y un repugnante embalsamamiento del cuerpo, justo ahora que Ratzinger defiende el suyo de las miradas compasivas ante la corrupción de la carne, justo ahora cuando se trae al recuerdo que el militar bolivariano abominaba de esas prácticas porque “sólo son restos humanos en nuestras narices”.
Nicolás Maduro, el presidente “encargado”, ocupó hasta volverse patético todos los espacios: habla sin decir nada, resignifica la figura de su presidente, trata de extraer carisma de donde no lo hay, estira hasta más no poder la despedida. Se instala.
El aterrizaje de la Presidenta en Ezeiza no podía ser peor: empeñada en asfixiar a Daniel Scioli en la paritaria docente, y en “bombear” las políticas de seguridad de Sergio Massa, mata dos pájaros de un tiro.
Lástima que sean sus propios pájaros, los dos candidatos que mejor miden en el peronismo bonaerense: Saturno devorando a su hijo. La estrategia es arrinconar al gobernador, secarle los pozos y dejarlo exangüe hasta los aguinaldos de junio: “Luego iremos en su ayuda –dicen–. No lo vamos a dejar llegar armadito”.
Se trata de demostrar que es un mal administrador. Gustavo Marangoni, titular del Banco Provincia y puntal del gobernador, es partidario de la extrema paciencia: aguantar y ver.
El propietario de La Ñata se impacienta… a su modo. “Yo no puedo pagar el 26 por ciento de aumento. No puedo ofrecer más de lo que insinúa la Nación”. Pero el poder central se desespera más aún ante el 60 por ciento inamovible que, llueva o truene, le muestran las encuestas del gobernador. Quiere doblegarlo, introducirlo en la listas, alejarlo de la conducción. Y le ha puesto una marca de último recurso, Segio Berni, filtrado en el tercer puesto de la sucesión bonaerense, una especie de Aldo Rico sin inserción territorial aunque con cara de guerra.
Por ahora Gabriel Mariotto también será reconducido a la interna. En el justicialismo se interrogan acerca del pulso con que cuenta hoy la Presidente para imponer la lapicera de sus designios: la realidad es que no es la misma, pero la diferencia es una línea sombreada, más por un acendrado pragmatismo que por devoción al modelo: disciplinó a intendentes y gobernadores fieles y no tanto.
Alcanza, de momento. Una encuesta reciente realizada por una consultora y trabajada en los grandes centros urbanos extrae conclusiones descorazonantes: la mayoría de los ciudadanos tiene la percepción de que el Gobierno nacional no se ocupa de los problemas que inquietan a la ciudadanía: inseguridad, inflación, desempleo, corrupción, acceso a la salud y la educación y “conflictos gremiales”. ¿ Dónde está, entonces, el piloto?

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