La ley de Murphy, dura con el Gobierno


La ley de Murphy, dura con el Gobierno
Por Susana Viau
10/02/13
Las Leyes de Murphy aplicadas a la política suelen ser implacables. Una de ellas, mejorada por el humor ácido de un experimentado y todavía joven cuadro del radicalismo, sostiene que un gobierno en declive fracasa aún en aquellas cosas que creía estar haciendo bien. Algo así amenaza con sucederle al kirchnerismo: a la triunfal recepción de la fragata Libertad, retenida en Ghana durante dos meses y medio, le siguieron la estancia forzosa de la corbeta Espora en aguas sudafricanas para someterse a una reparación no programada, el hundimiento en Puerto Belgrano del destructor Santísima Trinidad y la avería del transporte Canal de Beagle, encargado de trasladar hasta Ushuaia las provisiones para las bases antárticas. El límite que la Presidenta buscó imponerle a las paritarias mediante el anuncio de un aumento del 20% en el piso del impuesto a las ganancias resultó un búmeran: lejos de poner un freno a los reclamos salariales, los potenció; el oxígeno que pretendió quitarle a la discusión obrero-patronal con el congelamiento de precios por 60 días se convirtió en un aquelarre de remarcaciones, en una ceremonia de la confusión. Sólo ha quedado claro que el inefable secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno ha instruido a los supermercadistas para que durante ese mismo lapso se abstengan de publicitar sus productos en publicaciones de la Capital. Esa última medida poco y nada tiene que ver con el congelamiento de precios. Es, nada más y nada menos, que otro capitulo de la operación de acoso y derribo de dos diarios; la continuación de la guerra entablada contra la prensa independiente por otros medios.
El acuerdo suscripto con Irán para que los imputados por el atentado dinamitero contra la AMIA sean interrogados en Teherán bajo la supervisión de una comisión de notables (de “la Verdad”, según el memorándum), recorrió un camino zigzagueante: contó primero con la aquiescencia de las dos entidades líderes de la comunidad judía. Luego de escuchar las opiniones de sus representados y sumidas en un mar de cavilaciones, tanto la DAIA como la AMIA decidieron revisar su postura inicial y restar su apoyo a la iniciativa. Sin sustento legítimo, el aparato de propaganda presidencial afrontó una difícil disyuntiva: el texto no podía ser enviado al Congreso a hurtadillas, sin la dignidad que el propio gobierno quería conferirle a lo que presentaba como una decisión de Estado. Sin embargo, en este caso tampoco podía apelar a la consabida rutina de un atril en el Salón de las Mujeres y un auditorio compuesto, exclusivamente, por ministros, secretarios, la bullanguera barra de La Cámpora y donde resonaran hasta niveles de escándalo la ausencia de los voceros la colectividad judía y los familiares de las víctimas del atentado.
Se optó, entonces, por una salida de circunstancias: Cristina Fernández grabaría su mensaje al país, un recurso al que no apelaba desde aquel discurso enlatado con que retomó la actividad tras la muerte de su marido.
La incorporación de material de archivo que mostraba las intervenciones de Kirchner y de su sucesora ante la Asamblea de las Naciones Unidas, lejos de mostrar –como se pretendía— el compromiso de la pareja con la investigación del atentado, constituyó una prueba de los bandazos que ha dado la administración de los santacruceños respecto de este crimen que lleva la friolera de dieciocho años de impunidad. Desde el reclamo de la entrega de los ciudadanos iraníes imputados en la causa a la propuesta de un juicio en un tercer país, al amparo de la doctrina Lockerbie y el compromiso de que cualquier conclusión contaría con el consenso de todas las fuerzas políticas argentinas. Lo que finalmente llegue al poder legislativo no será ni una cosa ni la otra: el escenario no es el de un tercer país neutral sino el de la nación a la que una investigación dudosa sindica como cerebro del ataque; el acuerdo de partidos, es más que probable, quedará reducido a las manos levantadas del quienes constituyen el rodillo parlamentario oficialista. Es casi de reglamento preguntarse qué compromisos empujan a Cristina Fernández a llevar adelante este pacto contra viento y marea.
La semana trajo otro serio traspié para la jefe de Estado. Ocurrió cuando habló de un millonario fraude perpetrado por un grupo de bancos contra sus clientes, una estafa facilitada al parecer por Adecua, la asociación de consumidores cuyo apoderado –y según la subsecretaria del sector María Lucila “Pimpi” Colombo, principal beneficiario de la maniobra– es el radical Osvaldo Riopedre. Cristina Fernández fustigó a las asociaciones, a los bancos, a la justicia. La Presidenta ignoraba que, tan complicados como Riopedre, estaban tres exponentes de su cantera; el camporista y jugador de polo Juan de Dios Cincunegui, mano derecha del viceministro de Economía Axel Kicillof; Luis Romiti, director de Control Ambiental de la secretaría de Ambiente, y Eduardo Baeza, asesor de la senadora Nancy Parrilli, hermana del secretario general de la Presidencia Oscar Parrilli. Un auténtico blooper que, para algunos, podría ser una manifestación de la interna que a la sordina se desarrolla en el seno del cristinismo y que la Presidenta deberá agradecer al jefe político de Colombo, el secretario Guillermo Moreno.
Por cierto que el viernes, durante una entrevista realizada en Estamos Como Queremos, programa que se emite por Radio Ciudad, el diputado Jorge Yoma relató una anécdota que perfila con nitidez la polémica y extravagante personalidad del secretario en quien Cristina Fernández ha delegado el diseño de buena parte de las tácticas de política económica. Contó el riojano que a fines del año pasado, junto al gobernador de su provincia Carlos Beder Herrera, visitó al poderoso Moreno. Llevaban como preocupación la falta de competitividad de las economías regionales y la difícil situación que atravesaba el parque industrial. “Durante 15 minutos, Moreno me dio una filípica sobre los ’90—contó Yoma, risueño- y como yo no soy el pibe Rivotril, también le contesté algo fuerte, me levanté y me fui. Me vinieron a buscar y fue ahí que Moreno me dijo: “si una fábrica se está por fundir, vos me llamás y yo te consigo comprador.
Hay muchos tipos en Tierra del Fuego que la están juntando en pala.
Vos me das el nombre de la planta que hay que comprar y se acabó”.
Yoma iba a probar otra dosis de la amarga medicina que el kirchnerismo suministra a los que no se le entregan en cuerpo y alma. Se la aplicaron después de haberse opuesto con su voto al retiro de los depósitos judiciales del Banco Ciudad, sin imaginar que la represalia se descargaría sobre su provincia y el bolsillo de sus paisanos. “Desde lo más alto del gobierno llamaron al Beder Herrera, que estaba penando para conseguir el dinero de los aguinaldos y le dijeron: ‘No te voy a mandar un peso. Si necesitás la plata, pedísela a Yoma’”.

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