15 días pueden ser 35 años


Para la Presidenta, 15 días pueden ser 35 años
Por Susana Viau
24/02/13
Las historias pueden escribirse desde el principio hacia el fin o de un final, siempre arbitrario, hacia el inicio. En síntesis, del derecho o del revés, es igual: una flecha disparada hacia algún lugar y destinada a clavarse en un blanco. Vale para cualquier texto: también para una nota periodística. La cuestión, quizás, es el punto de apoyo. Stefan Zweig, el gran austríaco, en su magnífico relato La Partida de Ajedrez , lo decía: aún las ideas más insustanciales necesitan un punto de apoyo, de lo contrario empiezan a girar insensatas alrededor de sí mismas. En este caso, el punto es el cumpleaños número 60 de la Presidenta y el principio será el final. Febrero es, contra todo lo que hacía presagiar en ciertas épocas, un mes malo para Cristina Fernández: febrero era el mes del nacimiento de su hijo mayor, Máximo; de su propio onomástico; y, para colmo, el de un marido todavía vivo.
A este febrero y desde el año pasado se le ha agregado un día fatídico: el 22, la fecha en que un tren del Ferrocarril Sarmiento salió de su estación con los frenos demasiado largos, el día en que en Once, según la costumbre, no funcionaban los topes, el momento en que el relato de la década maravillosa descarriló y dejó a su administración, sus subsidios, su tren bala, su crecimiento a tasas chinas con los pantalones bajos en el andén de un nudo ferroviario que, como todos en el mundo (lo muestra Sebastiao Salgado), reúne la fealdad del ajetreo con la belleza corrompida de lo canallesco. Cuando aquello ocurrió, la jefe del Estado demoró mucho, demasiado, inexcusablemente en hablar. Lo hizo después, en Rosario, y para decir que ella sabía bien qué era el dolor pero pedía a la Justicia una investigación de no más de dos semanas para presentar conclusiones. Ahora, ante lo que la vida le servirá siempre a la mesa como un plato ineludible de febrero, prefirió hacerlo un día antes, en Tecnópolis, en medio del anuncio de una nueva señal de deportes, salpicada por el escándalo de que el hombre que lleva inscripto en su anillo “Todo Pasa” hubiera impedido desplegar en los campos de fútbol una pancarta en reclamo de justicia para los pasajeros de aquel tren fantasma. Claro, señaló, “hay que acordarse de todo. También queremos recordar y rendir un homenaje: mañana se cumple un año de la tragedia de Once y queremos rendir un homenaje y recuerdo a las víctimas, un abrazo grande y fuerte a todos los familiares”. Cuándo no, la Presidenta volvió a colocarse por delante: “Yo sé que la pérdida de un ser querido –reiteró– es irrecuperable, irreparable (…) pero bueno, ahí está la Justicia. Y también porque la vida es así, es alegría y tristezas, no estamos siempre alegres y siempre tristes, nos tocan momentos difíciles y hay que apechugar y salir adelante. (…) De aquí la miro a Estela. ¿Cuántos años Estela pidiendo justicia? Y recién después de 35 años está llegando”. En los plazos de esta abogada especialista en deudas prendarias, quince días pueden estirarse a 35 años: total, los intereses pagan. Siempre por delante. Igual que lo hizo el 17 de febrero, día del entierro de su suegra María Juana Ostoic. Ella, la nuera y primera mandataria, no integró el cortejo, en el que iban acompañando el féretro los nietos, las hijas, los amigos de la antigua vecina de Río Gallegos. No caminó mezclada en la pequeña comitiva. Lo esperó reclinada en el vano de la puerta del Mausoleo. Sola, vestida de negro, gafas negras, botas negras.
La imagen de la desgracia, el monopolio del dolor.
La muerte que se interponía una vez más entre ella y su vida, la muerte que autoriza, legitima, habilita a usar el látigo. Nadie, sino a condición de una formidable deshonestidad intelectual, puede decir que esas imágenes son casuales. Pero la Presidenta había llegado a Calafate para celebrar, el 19, su 60 cumpleaños. No pudo ser, aunque arribó lo bastante a tiempo para cruzarse de piernas sobre el guardabarros de un coche, y ser por unos segundos una estrella de Cinecittá, una Anita Ekberg sin la magia de Federico Fellini y con la tosca “reggia” de Javier Grossman. De tanto representarse a sí misma, su alma se ha soldado a la de Fátima Florez. Y antes, todavía, el 11, había grabado para una cadena china de tevé un mensaje de salutación por el año nuevo: “Chu ni men. Chun dzie kai la”. Su pueblo, el argentino, no había recibido en estos años palabras parecidas.
Puede atestiguarlo Zulma Ojeda de Garbuio, la madre de Carlos, un joven de la edad del hijo de la Presidenta, que murió en el primer vagón de la formación, allí donde ella sube cada tanto para adivinar qué hubiera pasado si su hijo hubiera corrido la frente un milímetro más y hubiera tenido una chance, para contemplar el paisaje de paredes cargadas de grafittis que sus ojos vieron por última vez.
A escasas semanas de la tragedia, Cristina Fernández la mandó llamar. La recibió junto a Mariana Larroque, hermana de Andrés, “el Cuervo” Larroque, dirigente de La Cámpora. En el preámbulo, como ignorándola, las dos funcionarias hablaron de extensiones de pelo y de carteras. Zulma introdujo una cuestión molesta: su desgarro. La Presidenta, con un gesto de estar de vuelta de todo, le respondió: “Vos hablás desde el dolor pero todavía no sabés de qué se trata”.
Zulma escribe papelitos para advertir a otros jóvenes como su hijo que no se dejen masacrar. La gente, en ocasiones, se los agarra y le da dinero: cree que es una pordiosera. Vaya, quizás sí: pide justicia. Zulma quedó impactada con la fría distancia de la jefa de Estado.
Y es imprescindible preguntarse, ahora, ¿ de qué pasta está hecha Cristina Elizabet Fernández de Kirchner? La madre de Carlos tiene una contestación al acertijo: “De mármol, señora”. Narciso se enamoró de la imagen que le devolvía el agua. Incapaz de ver otra cosa que su rostro, se inclinó en el lago hasta sumergirse. Se ahogó en su propio, pobre, esplendor.
Cuentan que la Presidenta se ha hecho proyectar una veintena de veces The Queen , el film en el que Hellen Mirren personifica a la Reina de Inglaterra. La Presidenta, es probable, estudie su modo de lejanía, de sobrevolar con la mirada. Allí, cree esta muchacha de Tolosa, reside lo mayestático. Ignora, por cierto, lo que Elizabeth II le deberá siempre a Mirren: el poder, la distancia, el control de las emociones son una carga pesada. Están, pero no a la vista. Son una lava contenida, no una mutilación.

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