Pequeño diccionario de términos inútiles


Pequeño diccionario de términos inútiles
Por Marcelo A. Moreno







22/02/14
Son apenas palabras. Pero, como tantas, dentro de ellas albergan conceptos. Y también, valores. La caprichosa lista que sigue repasa algunas que fueron de uso masivo durante largas décadas y a esta altura del siglo XXI, en nuestro marco social, han caído en desuso, pasando a figurar en la nómina de los anacronismos.
Cortesía.
Es una virtud ya tan extraña en nuestros días que parece sólo habitar las ilustraciones sobre el Medioevo o gestos retratados en cuadros del siglo XVIII o XIX. Considerada casi como una hipocresía -una “careteada”-, esta “demostración con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona”, según el diccionario de la Real Academia Española, ha sido extensamente suplantada por la “autenticidad” que, en general, más que aludir a lo cierto, encubre a la grosería.
Decencia.
Aunque el mismo diccionario la defina como “dignidad en los actos y las palabras” de una persona y la asocie con “el aseo, la compostura y adorno”, entre nosotros siempre estuvo referida a la moral, y no exclusivamente a la sexual. Una persona decente era aquella que tenía una línea de conducta, que era incapaz de cometer una chanchada o una traición y que exhibía una coherencia sin fisuras entre lo que predicaba y lo que hacía. En nuestra sociedad -horadada por la “cometa” y la gimnasia impune de la corrupción-, hoy son muy pocos los que proclaman esta cualidad y menos aún, los que la exigen.
Esfuerzo.
En la era de la velocidad rápida y furiosa, en la cual todo se puede llegar a conseguir con un clic -desde la participación en una orgía hasta una oferta increíble para viajar ya, pasando por una nueva “amistad” instantánea con un desconocido total-, invertir energía constante para lograr un fin deseado parece ir en camino a transformarse en pieza de museo. “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”, disparó famosamente Luca Prodan. Más que un grito rebelde, la imagen que pinta es la de la sociedad del hiperconsumo, en la cual consumir es el principal entretenimiento para los que pueden hacerlo.
Modestia.
“Virtud que modera, templa y regla las acciones externas”, según el diccionario, también está relacionada con la humildad y con una estima más bien acotada hacia uno mismo. Por el contrario, resulta difícil sino imposible hallar a algún político, actor, publicista, consultor de cualquier tipo, artista, intelectual y hasta delincuente confeso que no hable cataratas a favor de sí mismo ante la menor ocasión y, de ser posible, en público. A esta postura se la llama “venderse bien” y está reverenciada como un enorme logro.
Recato.
Se trata de una actitud de modesta reserva, relacionada con la honestidad, todas cualidades que andan en franquísima caída libre por estos tiempos. En una sociedad global en la que el sincericidio de brocha gorda está visto como un mérito y la procacidad como una de las formas de ser veraz, el recato huele a naftalina y acaso pueda hallarse en algún mueble antiguo dentro de una casa abandonada.
Respeto.
Definido como “miramiento, consideración, deferencia” hacia alguien, esta verdadera antigualla era algo que en otros tiempos se tenía hacia el prójimo, se le exigía a los demás y también se mantenía con uno mismo. Todo eso fue a parar al cesto de papeles, pasando a ser considerado en su conjunto como una decorativa solemnidad. Hoy la falta de respeto es un fenómeno tan generalizado -ni hablar si se prende la tele o se entrar en Internet- que ha llegado a considerarse una forma suprema de la sinceridad.
Vergüenza.
En una sociedad en la que el reality se ha convertido en un formato estético de extrema popularidad, en la que jugar a ser actriz o actor porno en un videito que justo algún perverso subió a la Web es cosa casi diaria y en el que la intimidad cada vez más ha pasado a ser parte del espectáculo del mundo, esa “turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”, como define la Real Academia, sólo puede provocar nostalgia por lo que se ha ido. En cuanto a la “vergüenza ajena”, su omnipresencia resulta tan abrumadora que casi nos deja indiferentes.
Ni por las tapas todo tiempo pasado fue mejor. Pero la decadencia de ciertos términos, a veces, configura un síntoma

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