Entre tontos de ficción y tontos reales


Entre tontos de ficción y tontos reales
Por Marcelo Birmajer

24/01/14
Cuando visito colegios, les sugiero a los jóvenes que la lectura no sólo es una de las formas más eficaces de acceso al conocimiento, sino también una de las formas más seguras de ahorro. El dinero puede quedar atrapado en nuestras cuentas bancarias, como durante el corralito, o devaluarse en cuestión de días, como está ocurriendo en estos finales de enero. Pero los conocimientos que adquirimos con la lectura no se devalúan nunca, ni se volatilizan.
Por medio de la lectura, y del usufructo que hagamos del conocimiento al que accedemos, nos serán dados viajes, alojamientos y manjares. Ser invitados a dictar una conferencia en un país lejano, a presentar un libro propio o participar de un congreso o debate, son privilegios que debemos a la lectura. El dinero corre albures azarosos, para ganarlo o perderlo. El conocimiento es consistente y resistente, ni con el cautiverio nos lo pueden arrebatar; sólo con la muerte. Los prisioneros de todos los tiempos han sido capaces de transmitir sus conocimientos. Quizás el más célebre de la segunda mitad del siglo XX, Nelson Mandela, aprendió y transmitió más conocimientos durante sus casi treinta años de prisión que la mayoría de los hombres empíricamente libres de su época.
Les comento también a mis jóvenes oyentes que, cuando se presente una crisis imprevista, el libro será su mapa de regreso a la civilización. En estos días sin luz y con restricciones para comprar online, ni en los libros electrónicos podemos confiar: ora nos será dificultoso conseguir el artefacto vía Internet; ora no podremos usarlo, por falta de energía. De modo que no tendrán más remedio que acudir a los libros de papel. Uno al que yo recurro año por medio, como una relectura homeopática, es Los cuentos de la aldea de Chelm, de Isaac Bashevis Singer. Singer, nacido en Polonia en 1904, naturalizado norteamericano, y judío toda su vida, fue Premio Nobel de Literatura 1978.
Chelm era una aldea de tontos: tontos jóvenes y tontos viejos. Una noche alguien espió a la Luna, que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imaginó que había caído allí. Sellaron el barril para que la Luna no se escapara. Cuando a la mañana se abrió el barril y la Luna no estaba allí, los aldeanos decidieron que había sido robada. Llamaron a la policía y cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm lloraron y gimieron.
En otra ocasión, al caer la nieve, al deducir en sus formas perlas y diamantes, los sabios de Chelm deciden recogerla, para luego venderla y comprar artículos necesarios para la aldea. Por ejemplo, un par de anteojos que les permitan ver las cosas más grandes, de modo que todas las mercancías de Chelm valieran el doble, gracias a su doble tamaño. Pero… ¿cómo recogerían la nieve sin pisarla? Muy sencillo: cuatro portadores deberían llevar una mesa, encima de la cual irían los encargados de recoger la nieve.
Por algún motivo, los sabios de Chelm me recuerdan a nuestros sabios controladores de precios. No hace mucho tiempo, yo diría que hace un año, se lanzó, bajo la égida del ex secretario de Comercio Guillermo Moreno, el primer control de precios, que tuvo su remake, Mirar para cuidar, a fines de mayo de 2013. Su repetición luego de los dos contundentes fracasos no sólo me remite a los tontos de Chelm, sino a una más prosaica publicidad de zapatillas que rezaba: Que de las derrotas, aprenda siempre el contrario.
Una lectura desencantada del slogan nos revelará no que nunca seremos derrotados, eso es imposible, sino que cuando seamos derrotados no aprenderemos nada de ello.
Moreno y sus sabios de Chelm intentaron detener los precios encerrándolos dentro de un barril en febrero 2013. Como no lo consiguieron, especularon: “Pongamos a alguien a vigilar el barril, de modo que nadie pueda abrir la tapa y los precios se queden allí ”. Pergeñaron el plan Mirar para cuidar. Ahora bien, ¿de qué modo abarataría el costo de las mercancías el hecho de poner a jóvenes a cuidar el precio de las mismas? En caso de que esos muchachos –que por otra parte nunca aparecieron– trabajaran gratis, ¿no sería malgastar su capacidad productiva? Y en caso de que cobraran por vigilar y castigar al comerciante o al vecino –homenaje al pensamiento foucaultiano de nuestros queridos Carta Abierta–, ¿no terminaría siendo el pago a estos guardianes civiles más oneroso que buscar un modo de combatir estructuralmente la inflación?
¿A quién se le podría ocurrir que para bajar los precios se debe enviar a jóvenes voluntariosos a que los bajen como si se bajara con un sistema de poleas la Luna? ¿Es una solución para los ni-ni ponerlos a vigilar precios como ese otro personaje que buscaba la moneda en la vereda iluminada, aunque hubiera caído en la oscura vereda de enfrente? Como los controles de precios no funcionaron en febrero de 2013 ni en mayo de 2013, vamos a probar con un control de precios 2014. Creo que ni los tontos de Chelm insisten en métodos que prueban su ineficacia; al menos van fracasando con métodos distintos. Por ejemplo, el suegro que le regala al yerno una navaja y éste la guarda en la paja de su carro. El suegro le dice que las navajas se guardan en el bolsillo; pero cuando le regala un cuarto de manteca de pollo, el yerno se la guarda en el bolsillo, creyendo haber entendido el consejo. Nuestros tontos de Chelm ni siquiera cambian de equivocación: parecen prescindir de la memoria, o regodearse en el mismo tipo de fracaso.
Nuestros genios de Chelm quieren clausurar el comercio cibernético para acumular dólares, con el objetivo de acceder a avances tecnológicos tales como el comercio cibernético. O comprar lentes INDEC, que ven más baja la inflación o más alto el salario, como recurso para el desarrollo y el bienestar. O gritarle al dólar que baje, cueva por cueva, para tranquilizar a la población.
Hay una gran diferencia entre los tontos de Chelm del libro de Singer y los nuestros. Aquellos tontos de Chelm eran totalmente inofensivos: podían tener un ligero toque de paranoia, como cuando creyeron que les habían robado la Luna; pero no se cebaban, más bien tendían a considerar sus logros y penurias como resultado exclusivo de sus propias acciones. No concebían la idea de robar ni de perseguir al prójimo. Por eso, en esta enésima relectura me pregunto si realmente son nuestros funcionarios los tontos de Chelm, o si han logrado convertirnos en tontos de Chelm al resto de los argentinos.

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