El origen del zafarrancho Por A. Borensztein


El origen del zafarrancho
Por Alejandro Borensztein
14/04/13
Todo el mundo entiende perfectamente de qué se trata la reforma judicial, la ampliación de las Cámaras de Casación, la nueva propuesta para el Consejo de la Magistratura y todos estos asuntos que el pueblo discute en cada esquina embarrada del conurbano, o mientras vuelven del trabajo colgados del Roca o navegando en sus canoas por Saavedra, o acampando en las plazas de la República a la espera del camioncito de Edenor o de Edesur. Pero pocos conocen el origen del asunto.
Todo empezó una mañana otoñal de 2008 mientras las ocres hojas de un roble añoso caían silenciosas sobre la gramilla en la Quinta de Olivos, cuando el ex presidente Compañero Jefe mirando hacia el horizonte sur con cierta melancolía y una leve tensión en sus mandíbulas, levantó el teléfono, marcó el numero de su contacto en TN y Canal 13, y con la calma, la ternura y la prosa que lo caracterizaban, sin esperar respuesta, pronunció la frase que entró en la historia del proyecto nacional y es piedra fundacional de todo lo que ha ocurrido desde aquella mañana hasta hoy: “Oíme gato, si llegás a mostrar la protesta del campo por televisión, te voy a romper el orto”.
A propósito, no me quiero desviar del tema, pero esta frase histórica se ha pretendido inmortalizar en placas de bronce para escuelas primarias y jardines de infantes, mármoles tallados en hospitales y maternidades, carteles en las plazas, consignas para movilizaciones, pero nunca fue posible. Incluso hubo un grupo de intelectuales K que propuso construir el famoso “Centro Cultural Oíme gato, si llegás a mostrar … etc etc”. Pero finalmente desistieron de usar esta frase como eje de la épica kirchnerista, no por las malas palabras sino porque era demasiado larga. Entonces decidieron cambiarla. Así nació el “Vamos por todo”. Sigo.
Una vez que el ex Compañero Jefe, ahora Compañero Represa Hidroeléctrica, pronunció esta exquisita construcción gramatical, del otro lado de la línea la respuesta fue devastadora: “El cliente celular al que usted está llamando se encuentra ocupado, por favor reitere su llamado en otro momento”. Ardiendo en el fuego de su pasión militante, y mientras la reencarnación del General cantaba pío pío desde la rama de un eucaliptus, volvió a intentar y la respuesta fue aún más humillante: “Dejá tu mensaje, Movistar convierte la grabación a texto para una respuesta más rápida”.
Y así comenzó todo. Las cámaras de Telenoche mostrando las rutas bloqueadas por los ruralistas en 2008 fue a la guerra kirchnerista lo que el asesinato del archiduque de Austria en 1914 a la Primera Guerra Mundial.
De haberse aceptado aquella llamada, no hubiera existido ni Fútbol para Todos, ni los globos de Clarín Miente, ni las amenazas de Moreno, ni la ley de medios, ni las cautelares, ni el 7D, ni las derrotas judiciales del Gobierno, ni la ley del per saltum, ni Mariotto (que igual ya tampoco existe) y mucho menos este nuevo plan para controlar a los jueces, disimulado bajo la noble causa de agilizar, modernizar y transparentar al Poder Judicial.
Pero la llamada no se atendió porque los medios funcionan con una lógica que la política no entiende: los medios tienen poder cuando la gente los mira. Cuando los elige.
El poder de Tinelli es su rating. Del mismo modo, el poder de Telefe o el de Canal 13, o el de Longobardi o el de Magdalena, por nombrar cualquier ejemplo exitoso. Por eso los medios, para mantener su verdadero poder deben responder al público y no a los gobiernos. Si cuando pasa algo importante el medio no está allí con sus cámaras y sus micrófonos, la gente cambia de canal en el acto y el poder se esfuma en un minuto. Por eso, llegado el momento de la verdad, no atienden el teléfono. Así de simple.
En el primer cacerolazo de 2012, la mayoría de los canales atendieron el teléfono, salvo el 13 y TN que mostraban todo lo que estaba pasando. Pero en cuanto Telefe vio que se le desmoronaba el rating y explotaba el de Telenoche, desconectaron los celulares y sacaron las cámaras a la calle. Porque el poder está allí.
Ir a buscarlo está en la esencia de todo gran medio.
En cambio, los medios que viven del gobierno se pasan el día atendiendo el teléfono. No tienen poder porque no los mira ni los escucha nadie. Hasta que un día el Gobierno pierde poder y entonces se dan vuelta como una media, no atienden más el teléfono y van en busca del próximo gobierno benefactor.
Le pasó al menemismo y le va a pasar al kirchnerismo. Todavía no se dieron cuenta porque, justamente, la política no entiende cómo funcionan los medios.
Esta noche, por ejemplo, la ingratitud popular va a hacer que el plomo de Lanata le gane una vez más por goleada a toda la falange de propaganda oficialista junta. ¡Qué injusticia! ¡Con lo lindo y divertido que es Barone! Pero así son las cosas.
Con medios que no atienden el teléfono es más difícil incendiar la Constitución y más lejano el camino hacia el paraíso eterno. Para tratar de resolver este problemita y bloquear cualquier otra resistencia, el Gobierno ahora se lanzó a controlar el Poder Judicial. ¿Cómo lo va a hacer? Fácil. Entre otras cosas va a modificar el Consejo de la Magistratura que es el órgano que designa o raja a los jueces.
El Gobierno armó un nuevo sistema (es largo de explicar) que garantiza que quien gane las elecciones legislativas también controlará el Consejo de la Magistratura. Quien controle al Consejo, controlará a los jueces, y quien controle a los jueces controlará a la Justicia, y quien controle a la Justicia controlará todo: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Ni siquiera hace falta ganar por mucho.
Con el 40% de los votos te quedás con el país. Y a pasitos de la reelección indefinida.
La jugada tiene un riesgo: si no ganan las elecciones, se puede dar vuelta la tortilla y quedarse sin jueces rebuenos.
¡Imagínense este gobierno sin Oyarbide!!
En cambio si ganan podrán llenar Tribunales de jueces que lleven, debajo de la camisa, la pechera de La Cámpora. Sin embargo, ahí es donde tarde o temprano se les vuelve a arruinar la fiesta porque cuando el tipo se ponga la pechera para apropiarse del Estado, siempre aparecerá un Juan Miceli y otra vez empezará el bolonqui. Todo por culpa de que la política nunca entiende cómo funcionan los medios.
Pequeño detalle final: se dice que un país es una república cuando tiene división de poderes y esos poderes son independientes. Ya podríamos ir cambiando eso de “República Argentina”.
Con “Argentina” a secas alcanza y sobra. Más cortito, más fácil de pronunciar en otros idiomas, más contundente, más sincero. Y más facho. Me gusta. Qué lindo.

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