El viaje iniciático de la Presidenta


El viaje iniciático de la Presidenta a Vietnam
Por Susana Viau
27/01/13
La Presidenta regresó y agradeció a las Madres y las Abuelas convocadas al Salón de las Mujeres por haber acudido a su encuentro, “porque así lo tomo: como que me vinieron a recibir”. Para ella, o para su relato, se había tratado, seguramente, de un viaje iniciático, de una travesía por realidades desconocidas, el descubrimiento de un mundo de luchas y de ideas al que nunca perteneció y del que trajo como trofeo una grabación de Joan Báez. La hija pródiga regresando de lo que llamó “el Asia profunda”, Indonesia y, sobre todo, Vietnam. En esos, sus días del sudeste asiático, como Zelig, Cristina Fernández mostró su sorprendente tendencia a mimetizarse con los lugares que visita. Donde fueres, haz lo que vieres. Y si en París se había calzado una boina para participar de la “marcha blanca” por la liberación de Ingrid Betancourt, en Yakarta, el jefe de Estado indonesio Susilo Bambang Yudhoyono debe haberse sentido impactado por el parecido de la primera mandataria argentina con Dewi Sukarno.
Pero nada como en Vietnam. Luego de saber que no podría visitar al centenario general Nguyen Giap, el conductor militar de la independencia vietnamita “del que me habló el comandante Hugo Chávez” –y sin tener la más remota idea de que aún anda por este valle de lágrimas Madame Thi Binh, la estratega de la ofensiva del Tet, la jefa de la misión negociadora en Francia–, descendió a los interminables pasadizos subterráneos de Cu-Chi, se sumergió en ellos con ropa y zapatos de fajina, aunque sin abandonar ni por un segundo el luto, el Rolex Presidente, los anillos de oro blanco y oro amarillo, los aros de Bulgari. Es que –ya lo ha dicho alguna vez– está persuadida de que “no hace falta disfrazarse de pobre para ser una buena dirigente política”.
No es una desvalorización afirmar que Montoneros nunca se caracterizó por la formación teórica que daba a sus cuadros y tampoco por la importancia que le asignaba a ciertos aspectos de la política exterior. Incluso solía contarse a modo de anécdota que, durante la dictadura, su responsable de relaciones internacionales confundía por sistema al Ejército Sandinista con el Ejército Simbionés de Liberación, el grupo de neurasténicos del que formaba parte Patricia Hearst, la nieta del magnate de la prensa William Randolph Hearst, inspirador de Citizen Kane.
Tampoco es una indiscreción recordar que Cristina Fernández cumplirá en febrero 60 años y repite hasta el cansancio que es “una militante de toda la vida”. Saigón y su gobierno títere cayeron en 1975. Para esas fechas, la joven peronista platense había pasado los veinte y las hazañas de los habitantes de esa parte del planeta eran pan de todos los días entre el activismo universitario.
Nadie fogueado en aquellos tiempos turbulentos y esperanzadores podría, entonces, tomar como una novedad las fábricas de armamento soterradas, las comidas en base a arroz o que en los talleres clandestinos del vietcong se reparara el parque capturado al enemigo o se fabricaran armas rudimentarias y souvenirs para los amigos extranjeros con el fuselaje de los helicópteros derribados. Esa obstinación y el AK 47 iban a ganarle la guerra a los M-16.
Sin consideración por su estado de éxtasis, Buenos Aires esperó a Cristina Fernández con noticias indeseadas. El destructor Santísima Trinidad se hundía sin remedio en su amarradero de Puerto Belgrano. La corrosión, el abandono, la falta de mantenimiento habían hecho su obra. Puede que, igual que a cualquier estructura, le hubieran quedado zonas vulnerables después del atentado que en 1975 ejecutó contra él un grupo de Montoneros.
En ese momento, el Santísima Trinidad pasaba por ser la nave más nueva de la flota de guerra. La Marina quedó desconcertada por la audacia del golpe y mucho más con la explicación que, al ser secuestrado, dio Máximo Nicoletti, uno de los integrantes del comando. Nicoletti contó con pelos y señales la operación, cuánta era la carga explosiva, qué margen les daban los tubos de oxígeno. Los oficiales de la ESMA quisieron saber por qué, teniendo capacidad para transportar más, sólo habían llevado una carga dinamitera para dañar y no para destruir el barco. La respuesta los dejó atónitos: porque la idea –respondió Nicoletti– era desactivar al Santísima Trinidad apenas por un tiempo. Habían calculado cuánto demorarían en llegar los repuestos y no querían dejar a la Armada en inferioridad de condiciones respecto de su par de Brasil. Nicoletti fue designado así, por sus méritos, instructor del cuerpo de submarinistas de la Armada y, poco más tarde, elegido por el masserismo para atentar contra un barco inglés atracado en Gibraltar, en colaboración con la Agregaduría militar en Madrid, donde revistaba el coronel Jorge Raúl Crespi.
Treinta años más tarde, la desidia de los militantes periféricos del FURN–Frente Universitario por la Revolución Nacional– realizaría la tarea de demolición de la que Montoneros no quiso hacerse cargo. El ministro de Defensa Arturo Puricelli atribuyó el hundimiento del Santísima Trinidad a una “mano negra”. Al parecer, como en el viejo chiste de Jaimito, la mano negra no se rinde: hace menos de un mes fue acusada por Julio De Vido de estar por detrás de los apagones generalizados de la última Navidad.
Puricelli, que no gana para disgustos, repitió el patrón de conducta que había seguido con la Fragata Libertad: “ Para garantizar la transparencia de la investigación ” separó de sus cargos al contralmirante Alberto García Gregorini, jefe de Mantenimiento y Arsenales, y al capitán de navío Marino Lorenzo Veccia, jefe del grupo de Desafectación del Santísima Trinidad.
Al ex gobernador de Santa Cruz hay que reconocerle, al menos, su sinceridad: “No soy un experto en buques ni mucho menos”, admitió al referirse a la embarcación “estacionada” (sic) en Puerto Belgrano. La antecesora de Puricelli, la actual ministra de Seguridad Nilda Garré, hacía gala del mismo desconocimiento y no tuvo empacho en confesar: “No sé lo que es un FAP ni un FAL . Yo puedo hablar como doña Rosa, pero no sé cuánto valen las partes de un FAP ni cuánto vale un FAL”.
Así los quiere la Presidenta, sin la menor noción de cuál es su cometido ni qué representan los bienes que deben custodiar. Se dirá que el Santísima Trinidad no es el primer barco que se hunde en rada. En efecto, a mediados de los 80 se fue a pique el Galatea, antiguo buque escuela español, fondeado en el Guadalquivir. Un Pearl Harbor sin aviones japoneses que se estrellen sobre las cubiertas. El destino final del Santísima Trinidad debe haber hecho sonreír al ministro de Defensa británico Liam Fox. Los vietnamitas, si se enteraron, deben haberse horrorizado.

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